Actuar para aprender a escuchar
Antes de pensar en el teatro como formación actoral, deberíamos pensarlo como formación humana. Subir a un adolescente a un escenario —aunque sea el rincón de un salón— lo obliga a hacer algo que la escuela tradicional rara vez exige de manera explícita: escuchar de verdad a otro para poder responderle. No basta con oír el pie, hay que estar presente en lo que el compañero está diciendo, porque de eso depende que la escena funcione.
Esa escucha activa, entrenada semana tras semana en un taller, termina trasladándose a otros espacios: al recreo, a la casa, a cualquier conflicto cotidiano donde antes reaccionaban sin pensar. No enseñamos empatía con un discurso ni con una charla motivacional de una hora; la enseñamos con práctica repetida y sostenida en el tiempo. Los colegios que lo entienden así dejan de verlo como una actividad extra y empiezan a tratarlo como lo que realmente es: formación integral.
