Lo incómodo también forma parte del arte

Nos han enseñado a huir de lo incómodo, a resolverlo todo rápido para no quedarnos ahí demasiado tiempo. El buen teatro hace exactamente lo contrario: se queda en la tensión, sin apuro, convencido de que en la incomodidad también hay información valiosa sobre quiénes somos. Una escena que se atreve a no resolver el conflicto, a dejar una pregunta flotando sin ofrecer una moraleja de consuelo, le hace al público un favor incómodo pero necesario.

Le recuerda que no toda experiencia humana termina en un final ordenado. Vivimos rodeados de narrativas que prometen resolución inmediata —una serie, un post, un consejo motivacional de treinta segundos— y el teatro se rehúsa, la mayoría de las veces, a jugar ese juego. Ahí radica buena parte de su valor: no siempre consuela, pero acompaña. No siempre resuelve, pero atestigua.

Los creadores que sostienen esa honestidad asumen un riesgo real, porque saben que su público no siempre sale satisfecho en el sentido convencional. Pero sale movido, y en un momento donde todo busca ser digerible al instante, eso es casi un acto de resistencia.

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