El error como parte del currículo

En el aula convencional, equivocarse suele costar una nota baja o, peor aún, la vergüenza frente al resto del salón. En un taller de actuación ocurre justo lo contrario: equivocarse es el punto de partida de la escena siguiente, no el final del camino. Esa diferencia cambia por completo la relación que un estudiante construye con el fracaso.

Cuando aprende que improvisar mal en un ejercicio no lo expone al ridículo permanente, sino que simplemente lo hace intentarlo otra vez, desarrolla una tolerancia a la frustración que ningún examen tradicional le enseña. Esa tolerancia después se nota en otros terrenos: en cómo enfrenta una entrevista, un proyecto que no sale bien al primer intento, una crítica de un profesor. Normalizar el ensayo como parte legítima del aprendizaje es justamente lo que la educación formal necesita recuperar con urgencia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *